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viernes, 21 de junio de 2013

Viaje Tren Adentro

El taller de Periodismo participó en la intervención artística Viaje tren adentro, organizada por la Biblioteca estación Coghlan, la Compañía Itinerante de Educación por el Arte (CIEPA) y el Colegio de la Ciudad. El sábado 11 de mayo la estación Coghlan del ferrocarril Mitre se vistió de colores que, sumados al sol otoñal, dieron pie para un viaje en tren a puro arte que fue hasta Retiro y volvió a la estación de origen para bajar el telón. Nuestros/as cronistas se inmiscuyeron en los vagones para observar lo sucedido y tomar testimonios de los pasajeros y pasajeras del tren. Este dossier es el resultado.
 


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Una crónica en ida y vuelta
Por Rocío Sánchez Molina y Jacinta Fischerman

Eran las tres de la tarde de un sábado 11 de mayo. Pero no era un sábado cualquiera. A la hora prevista nos juntamos en la estación Coghlan. Con grabador, libretas y lápices en mano, emprendimos lo que sería una tarde de entrevistas y coberturas. La primera entrevista que realizamos fue a un grupo que propondría tocar unos boleros “a pedido” para los pasajeros del tren. Mientras el tiempo transcurría y esperábamos que el reloj marcara las 16:30, horario de llegada de tren, tuvimos la oportunidad de entrevistar también a Cristina Moncayo, miembro de la asociación civil “Amigos de la estación Coghlan”, una ONG sin fines de lucro. La organización plantea como iniciativa la apropiación del espacio público por parte de los ciudadanos. Es así como, en 2011 y en articulación con la CIEPA (Compañía itinerante de Educación por el Arte) y el Colegio de la Ciudad, surge la propuesta de una intervención artística en el tren.
Nuestra labor periodística continuó con el correr de los minutos. Pudimos hablar con un integrante del Circo Bártulo, Johan, quien nos comentó que participa en diversos talleres junto con un grupo de boy scouts de la zona para quienes se organizan talleres de reciclaje, candombe y malabares, entre otras cosas. El Circo Bártulo está conformado por dos colombianos, un chico de Villa Gesell y uno de Mar del Plata. Su grupo circense viaja por todo el país realizando presentaciones y brindando talleres.
La radio abierta que resonaba en la estación Coghlan fue, por otra parte, de gran importancia para quienes paseaban desprevenidos o curiosos por allí y querían saber de qué se trataba la intervención en el tren y qué actividades iban a tener lugar en el recorrido hasta Retiro. Ezequiel, una de las voces presentes en dicha radio, nos comentó que ésta era una radio básicamente “under”, que trataba de “fomentar programas del barrio”. La radio, según el entrevistado, busca “tener más difusión” y circulación y “busca tener programas al aire todas las semanas”. Otro dato de suma importancia es que la misma emite sus programas desde la estación Urquiza-Chacarita, en el segundo piso.
Mientras tanto, los otros participantes de la radio anunciaban la llegada del tren y convocaban a todos a subirse. Cuando entramos al tren, con guirnaldas para decorar en una mano y libretas de periodistas en otra, los pasajeros no entendían lo que pasaba. Una vez dentro, seguimos entrevistando tanto a los realizadores de la actividad como a pasajeros sorprendidos por la misma. Las chicas del Elenco de teatro del Colegio de la Ciudad -que proponían la puesta de una escena de Lisístrata- nos contaron que los espectadores en su vagón se distrajeron bastante por el incidente causado por la queja de una señora. Pero luego de alejarnos de las actrices para acercarnos a una pasajera, lo único que recibimos fueron halagos. La señora nos dijo: “La actividad me pareció muy atractiva y movilizadora. Se notó cómo los adolescentes se comprometen con el arte, oponiéndose a la típica frase ‘los chicos de ahora’ que los medios de comunicación transmiten constantemente”.
Al pasar al siguiente vagón, nos cruzamos con las actividades del taller “Inventalingüas”, con los Haikus, los Oráculos y las Cartas perdidas. Otra de las actividades consistía en responder a la pregunta: ¿Cómo sería la realidad objetiva si lo que ves y conoces se rompe? A lo que los pasajeros respondieron tanto filosófica como socialmente.
Así, entre canciones, música, obras de teatro y poemas llegamos a la estación Retiro, justo cuando el sol se ponía en el horizonte, alrededor de las 17:30. Le preguntamos a la directora de la biblioteca cuáles eran sus sensaciones. Ella, muy emocionada, nos contó: “Esto da vida. Como soy loca y revoltosa, estoy feliz acá. Mi hijo siempre me dice ‘mamá, te vas a volver loca’, a lo que yo le contesto ‘dejame vivir, ¿querés que me quede cocinando, encerrada todo el día?’”. Oye chico, el ensamble de percusión del Colegio, se transportaba con sus instrumentos, casi como si fueran parte de su cuerpo, por los diferentes lugares de la estación Retiro. Los chicos del taller de Fotografía, con sus gigantes cámaras negras hechas con papel, los fotografiaban. Después, nos ofrecieron realizar su actividad: sacar fotos con esas extrañas cámaras a un lugar que nos gustara. Al volver al tren, las actividades persistieron, esta vez con otros pasajeros que también parecían bien predispuestos ante las propuestas artísticas del tren.
La vuelta del tren fue mucho más rápida, pero no así menos dinámica y entretenida. Cuando llegamos a Coghlan la noche era inminente y, si bien la mayor parte de los integrantes de la intervención se dispersaron apenas el tren arribó a la estación, todavía podían divisarse grupos de personas que se quedaron hasta el final del evento. Así concluyó un día en el que el arte copó los vagones del tren y en el que un grupo de adolescentes del Colegio de la Ciudad, mezclados con participantes de Ciepa y la asociación civil de “Amigos de Coghlan”, hicieron de puente entre el tren y el arte.

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Ni el mismo tren, ni la misma plaza
Por Matías Nelson

De un tren a otro, el corto viaje en tren, en un presente permanente que se extiende desde esa espera de 7 minutos hasta un cruce del puente, lento, infinitamente lento. Voces, voces aparecen e irrumpen, violentas, el viejo sol que inflama imponente la tarde, atrofiando el frío, y reivindica una vez más al desconcierto de llegar a una fiesta tarde.
Una masa de gente amontonada y las caras conocidas que se reencuentran un sábado a la tarde, soleado, una radio abierta que organiza a la muchedumbre y entretiene con risas a un grupo de chicos que conforman a los Scouts de Argentina y diferentes jóvenes hijos de gente del barrio y hermanos de compañeros que se liberan a las risas y se entregan al entretenimiento y algunas bromas fáciles de un clown de la radio. Un avance lento en busca de conocidos y los diferentes conocidos de diferentes lugares, grupos variantes con diferentes intereses, gente que buscaba pasar la tarde y gente que quería ver a sus familiares, personas a las cuales su atención se llamaba y personas cuya presencia era llamada.
Como una ráfaga comenzó la música de los tambores de “Oye Chico”, las percusiones despertaron la atención que se apaciguaba lentamente con un público expectante, los malabaristas que comienzan poco a poco a pasarse entre sí sus diferentes utensilios mientras uno, valiente, decide pasar entre medio a medida que los chicos continuaban tocando los tambores. Tambores que eran telón de fondo, haciendo de un espectáculo únicamente visual algo además auditivo, apoyado también desde la radio, que hacía observaciones constantes.
Finalizó el acto. Finalizó la música y ahora un sentimiento de expectante angustia se hizo propia –creo yo- de todos nosotros a medida que subíamos a la plataforma a la espera del tren. 3 minutos decía la pantalla luminosa y mi mayor recuerdo era la figura de Martín, lleno de cosas, desbordante de objetos. Recuerdo haberle ofrecido una mano y tener que esperar al vagón 3, y el tiempo pasaba y pasaba y no estaba seguro cual era, y preguntar, después, llegó, imponente, y a partir de ahí tan solo quedó a recuerdo de cada uno, la explosión artística individual de cada vagón, la intervención pertinente a cada uno.
A favor de permitirle a otras letras y a otras voces expresarse a sí mismas, desarrollarse en la escritura misma, prefiero dejar de lado cualquier ocurrencia desde la partida del tren hasta la vuelta. Quizás sea necesario nombrar que debimos parar en Colegiales por un problema pertinente a una queja de una señora y un error en cuanto a los permisos, por supuesto siendo esto un malentendido.
Este paro se notó sobre todo en el primer vagón en el cual los tambores sonaban, en los vagones posteriores el ritmo se mantuvo por completo e incluso en el vagón parado, y después de que no se les permitiera tocar los tambores, el arte encontró nuevas formas de proliferar.
Llegamos a Retiro y fue el principio de un nuevo viaje, el viaje de regreso. Recuerdo aprovechar para realizar unas entrevistas y para observar lo que me había perdido en la ida, y espero que así todos hayan podido hacer lo mismo.
Para el ansiado final me moví hacia el primer vagón, el viaje terminaba nuevamente, pero como las espirales del pensamiento de los pueblos precolombinos sobre el tiempo, estábamos nuevamente en el mismo punto y este no era el mismo, habíamos finalizado la vuelta, pero no estábamos dos veces parados en el mismo lugar. Habíamos finalizado la vuelta pero esta solo era parte de un ciclo aún mayor.
Salir nuevamente afuera fue solo el primero de los desafíos. Las percusiones súbitamente callaron mientras debíamos bajar, hubo un minuto de silencio entre que se daba el paso hacia el exterior del tren, pero tan rápido como se armó el silencio se formó una nueva barrera de sonido, proveniente desde la plaza; eran las bandas que empezaban a sonar, como marchas sobre nosotros que llegábamos.
La plaza era la misma pero el tiempo era distinto, había gente que no se había subido al tren, casi la misma cantidad, pero no era la misma gente.
Me atrasé y me senté en un banco, ya me había sentado con anterioridad, pero yo no era el mismo.  Abrí mi billetera y me fijé cuanta plata tenía, y me levanté decidido a comprar un helado en el camino a casa.



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Y Oye Chico siguió tocando…
Por Bruno Di Saia

Oye Chico llegaba a la estación Carranza con una de sus rítmicas interpretaciones. La gente observaba atenta a los músicos que, en su afán por transmitir el arte, no se dieron cuenta de que el que se había acercado e irónicamente les decía “bueno, ya  se divirtieron”, deteniendo el sonido de las congas, los djembes y los accesorios, era el guarda del tren. El coche había frenado en la estación, pero esta parada no era como cualquier otra. El guarda decía que el grupo no estaba autorizado para dicha intervención. Todo había sido desatado por la queja de una mujer que viajaba junto con su hijo. Inmediatamente, la organizadora del evento, Cristina Moncayo, mostró la autorización que a todos los intervinientes les permitía expresar lo que sabían en aquel tren. A pesar de esto, la policía ya estaba en el lugar, como si hubiese ocurrido un delito.
La situación se puso más y más tensa. Un pasajero que iba en el vagón en que Oye Chico tocaba, con gran indignación, acusaba a la policía: “Cuando suben barras bravas no les dicen nada, pero cuando se suben diez chicos a tocar los paran”. Al pasar los minutos, los ánimos se fueron calmando. Pero Oye Chico no pudo tocar sus instrumentos por el resto del viaje.
Los integrantes del grupo de percusión del Colegio de la Ciudad usaron entonces sus voces y sus palmas para hacer la interpretación del Himno Nacional, que tantas veces entonaron con todo su arsenal de instrumentos. El mismo pasajero que los había defendido se emocionaba al escucharlos. Oye Chico llegó a Retiro con la autoestima y las ganas de tocar más altas que nunca. Al llegar, no aguantaron la espera del tren de vuelta: tocaron hasta que este arribó.
La vuelta no fue ni un poco parecida a la ida. La mayor ironía fue que el guarda del tren que volvía a Coghlan aportó con una guitarra que le acercaron y su voz para una inolvidable chacarera. Todo lo ocurrido en la ida había quedado en el pasado.

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Esos nervios lindos
Por Layla Ohanian

La gente comenzó a llegar a la plaza de Coghlan a eso de las tres de la tarde. Se escuchaba de fondo el tren que llegaba a la estación para después irse demasiado rápido. El sol cálido que iluminaba la plaza  se combinaba con los vientos fríos de la tarde, ofreciendo un  típico clima de mediados de otoño.
Había vecinos, organizadores, bailarines, músicos, locutores, periodistas y curiosos. Todos provenientes de lugares diferentes, haciendo cosas diferentes. Reinaba una energía de preparación en el aire.
Los chicos del taller literario del Colegio de la Ciudad cortaban papelitos para decorar el tren por adentro, los bailarines practicaban sus rutinas, las cantantes sus líneas y la radio abierta ponía al tanto a los que iban llegando.
Llegaron los Scouts de Argentina, los malabaristas y cada vez éramos más. De pronto, sin aviso –como de costumbre– llegaron los nervios. Esos nervios de ansiedad, de que quiero llegar y quiero que llegue el tren, esos nervios lindos.
En los momentos previos al arribo del tren, los músicos sacamos los instrumentos y los malabaristas sus clavas y sus pelotas. No podíamos esperar.
Se armó una ronda con chicos y grandes, bajitos y altos, periodistas y profesores, recitadores y escritores: todos escuchando. Oye Chico, el ensamble de percusión del Colegio, comenzó a improvisar. Con director en frente, la música  empezó a sacudir a los que estaban sentados. Todos parados, casi listos para subir al tren, con instrumentos en mano y lapiceras para relatar en otra, instalados en el andén, esperando nuestro pequeño detalle: el tren.
Una vez arriba, cada taller, ya sea de la CIEPA, el Colegio, la Biblioteca u otro, se ubicó en un vagón diferente. Parecía un mundo distinto. Se podía estar en un vagón y tener que pasar por el medio de “Lisístrata”, la obra del elenco de teatro del Colegio de la Ciudad, para luego pasar a una actividad de creación de haikus,  poemas japoneses que empapelaban todo el vagón dos. Y así, de uno en otro. Cada vagón, algo así: un mundo distinto. Y nosotros, entre estos nervios lindos, haciendo arte para todos.

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¿Qué es lo que incomoda?
Por Cata Bargalló

  
Los pibes estaban muy entusiasmados. Con sus bombos, tambores, maracas y, sobre todo, sonrisas de oreja a oreja que denotaban las ganas que tenían de participar. Coghlan, soleado y lleno de gente, fue el lugar de la partida del tren.
Esta intervención sería muy diferente a las que, probablemente, muchos de los chicos habían experimentado. No tenía fines lucrativos o alguna promoción de un evento-viaje-objeto, simplemente la idea de pasar un buen rato entre los participantes de la misma y los pasajeros que, por razones del destino, o quién sabe que, habían decidido viajar en ese tren, ese día.
Todo iba bárbaro: las risas, la música, los colores. La gente pispeaba a través de algún diario, miraba todo de reojo o se detenía para observar toda la escena.
Luego de algunas coplas de la chacarera, Oye Chico (ensamble de percusión del colegio) comenzó a sonar en el vagón 4. Llegamos a la estación Colegiales, el tren se detuvo y allí fue cuando el incidente ocurrió.
Al haber escuchado la música, una mujer se quejó ante el encargado del tren. La música la estaba molestando y quería que parara.
Es por esto que, ya detenido el tren, el encargado salió a pedir explicaciones. “Tanto el colegio como los representantes de la biblioteca de Coghlan y de CIEPA (Compañía Itinerante de Educación por el Arte) tenían todos los papeles en mano y al día”, afirmó Martin Broide, vicedirector de Talleres del Colegio de la Ciudad. Pero esto no bastó, y tanto fue así que el encargado llamó al policía de la estación para que se encargara del “inconveniente”.
Esta confrontación tan abrupta con la realidad me dio, entonces, para pensar. ¿Por qué se naturalizan los robos, las discriminaciones y los malos tratos en los medios de transporte, y se escandalizan cuando un grupo de jóvenes lleva un poco de música? ¿Es necesario usar las fuerzas de seguridad en situaciones como estas? ¿Por qué en estas sí, y no en otras?
Creo que la respuesta se encuentra en el hecho de que el arte siempre desestructura. Y más cuando se trata de un arte por el hecho en sí de hacerlo. Cuando un grupo de música toca en un vagón, en un andén, o en cualquier lugar público para luego pasar la gorra es rápidamente aceptado por los pasajeros del tren. Hay una cotidianeidad en este hecho: los músicos necesitan plata, tocan, les dejan algunas monedas, se van. Es comprensible, asimilable, y por ende, no molesta.
De igual manera sucede con los robos. La naturalización de los mismos es un hecho cotidiano y no necesita muchas explicaciones. Sin ir más lejos, cuando en los subtes de la CABA hay denuncias de robos, gran cantidad de veces la única medida que se toma es la de avisarle a los pasajeros por medio de un cartel electrónico que tengan cuidado con sus pertenencias.
Retomando, como dijo la artista plástica (y profesora de artes visuales en el Colegio de la Ciudad) Rox Carini, “es necesario que el arte genere en el otro sensaciones diversas”, es decir, que pueda lograr cambios, dinamismos y poner al otro en una situación crítica frente a la obra. Creo poder decir que lo sucedido en el vagón 4 (el vagón musical del tren Mitre intervenido esa tarde) fue un claro ejemplo de la disconformidad que crea el arte cuando no está enmarcado en algún espacio que no sea “normal”. Fuera de un Museo, de un recital u otro.
Concluyendo, el viaje retomó su destino hacia Retiro y Oye Chico dejó de tocar con instrumentos, pero utilizó sus voces y palmas para hacer sonar el himno argentino. En el viaje de vuelta el encargado del tren no solo dejó a los pibes tocar, sino que también, con viola en mano y voz potente, entonó una chacarera que sorprendió a todo el vagón. Entonces, se podría decir que, al final, la cuestión es que gente hay de todos los colores.

jueves, 13 de octubre de 2011

“Mirálo a Cristo, es un fracaso el chabón.”

                                                                                                                                              Por Abril Garcia

“Me parece que la iglesia debe ubicarse de nuevo en un plano de mayor humildad”, esto es lo que le viene a la cabeza al cura francisco cuando se le pregunta como ve a la iglesia en un futuro. Este cura no es el típico cura que se ve en las películas, devota toda su vida al catolicismo gracias a una novia que tuvo en la secundaria, por ejemplo. “Vengo de una familia que es católica, pero no va a la misa. En el secundario me puse de novio con una chica que iba a misa, y  ahí empecé a acompañarla los domingos pero no con mucha fe sino para estar con ella”. En las primeras preguntas nos fuimos enterando de su vida y de cómo llegó a su profesión. El estudiaba psicología en un barrio muy pobre y ahí mismo conoció a un cura el cual lo guió para que se presentara la idea de hacer el seminario, y así fue. Pero este joven cura de no más de 45 o 47 años no ve a la iglesia como se imaginan que lo hace. Comenta sobre el vaticano, el poder del catolicismo y cuestiones actuales como el matrimonio igualitario pero de un modo distinto y transgresor. El vaticano, gran símbolo del poder y la crítica hacia la iglesia católica, le merece a este cura una opinión. “Te puedo tomar que es austeridad, pero vender todo no soluciona el problemas de los pobres. Es como decirle al gobierno que venda todas las obras de arte del museo de arte moderno, no soluciona nada”, contesta aceptando la lujuria pero descartando que la idea de venderlo sea una solución, mientras se toma un mate tranquilamente. La siguiente pregunta refería a cuestiones actuales como el matrimonio igualitario y la participación de la iglesia en estas, dice: “La iglesia necesita tener una palabra en las realidades humanas, pero siempre proponiendo no imponiendo”, y desde su opinión sobre esta nueva ley responde que el no impone su idea de familia pero tampoco quiere que se la impongan. En el momento que estaba por contestar su mirada sobre los nuevos cultos y la religión católica y su poder en el futuro, deja su mate y se levanta para atender el teléfono el cual un segundo más tarde sonaría con la voz de una mujer que le pediría  “turno” para casarse. Al terminar, vuelve rápidamente y sin vacilar empieza a responder la pregunta que había quedado flotando. “Cada vez la iglesia tiene que estar mas separada del poder terrenal y del estado, creo que con una oferta mayor de religiones, se va a ubicar en un poder de mas humildad” incitándolo a seguir hablando sobre la humildad agrega:”Miralo a Cristo, es un fracaso el chabon, termina solo, lo matan, me parece que la iglesia debe ubicarse de nuevo en un plano de mayor humildad” repitiendo.  Para terminar, la pregunta decía si era fácil difundir la religión hoy en día y nos contaba que según el, “Es difícil querer entrar en una familia, porque es un mundo muy individualista”. Este moderno y diferente cura tiene, como podrán ver, ideologías que expresar y muchas opiniones que rompen con el estereotipo. Pensando a la famosa y poderosa iglesia desde otro lado.

No tan distintos

Por Catalina Bargalló
Castagnino

Los chicos de 3er año del Colegio de la Ciudad visitaron Garage Olimpo, uno de los centros clandestinos de detención y tortura durante la última dictadura militar.







El 13 de Mayo los alumnos de 3ro B del Colegio de la Ciudad viajamos en el tiempo. Viajamos a un pasado que, aunque lo parezca, no es tan lejano y forma parte de lo que somos y seremos. El 13 de Mayo 3ro. B conoció Garage Olimpo.
Salimos a las 9 de la mañana con frío y sueño. El día estaba nublado, quizás como una advertencia o sugiriendo de adonde nos estábamos dirigiendo.
Si bien algunos eran indiferentes, la excitación era palpable. No iba a ser como cualquier salida, no nos iban a hablar de la evolución humana ni de las diferentes especies que hay en el reino animal, esta vez no… o tal vez más que nunca.
El viaje fue extrañamente corto, quizás la charla constante aminoró la espera, y nos distendimos mientras algunos urgían en la necesidad de ir al baño.
Al llegar, el cielo había esclarecido y un viento leve y frío inundaba el espacio. Este era grande y estaba dividido en diferentes sectores. Un garage grande en el centro, a la derecha la biblioteca “Carlos Fuentealba” y a la izquierda, mediada por un portón, una casa grande y gris que estremecía hasta al más fuerte.
Entramos en la biblioteca. Era agradable, sin embargo las miradas estaban concentradas en un solo punto: un afiche que ocupaba la mitad de la pared con las fotos de los jóvenes que habían pasado por Garage Olimpo. Éramos parecidos, de hecho muchos nos impactamos al ver la semejanza con una compañera en la foto de una joven. Eran flacos, rellenos, morochos, rubios, sonrientes o pensantes. Seguramente con deseos y miedos, ideales y frustraciones, dudas y algunas repuestas. No tan distintos a nosotros.
Rápidamente, un chico y una chica de unos 25 años de edad, guías del lugar,  nos ofrecieron sentarnos en semicírculo. Nos entregaron algunos folletos, y nos pidieron que nos agrupemos. Al hacerlo, se le dio a cada grupo la carta que Susana Larrubia (militante de la agrupación Montoneros), secuestrada y llevada al Garage Olimpo, le había escrito al padre, un militar jubilado pero defensor del golpe de estado. La idea era leerla y opinar entre todos lo que nos había parecido.
Como era de esperar, la carta fue la disparadora de un extenso debate sobre la dictadura, y sus infinitas aristas: la lucha armada como medio de defensa, o como un pacto con la violencia, la represión contra el pueblo y el derecho a la vida.
Como las ideas cada vez se profundizaban más, y no se llegaba a ninguna conclusión, fue necesario parar el debate para comenzar el recorrido.
Nos dividimos en dos grupos.
“Con mi grupo fuimos primero a la calle, donde nos mostraron los alrededores del predio, y nos contaron como se fue tapizando y cerrando el lugar, que alguna vez había sido público”, cuenta Paloma Farina, integrante del primer grupo.
Mientras este grupo era llevado afuera, el otro, visitaba el lugar donde secuestradores y secuestrados convivieron durante 6 eternos y oscuros meses.
Pasamos por una puerta de metal, para adentrarnos en el patio interno del lugar, desde donde se podía ver todo el recinto.
“Al llegar al lugar donde los torturaban me impactó mucho. El pensar que ahí mismo los habían llevado, torturado, para luego asesinarlos me produjo bastante impresión” dice Pilar Macera.
“Acá a su derecha está la oficina, en donde se hacían llamados extorsivos, y donde se les asignaba a los secuestrados el número con el que debían identificarse”
Nos contó la guía, en un soplo de tristeza e indignación.
Comenzamos a recorrer; pasamos por el “Casino de los oficiales”, donde vivían y pasaban el tiempo los últimos, como si fuera un recreo en la mitad de una jornada laboral. Caminamos derecho por el patio y entramos en lo que era “El Olimpo de los dioses”, como había rezado un cartel sobre la puerta de entrada, durante la dictadura militar.
El lugar era frío, oscuro, como esos garages, valga la redundancia, llenos de cosas viejas que se desesperan por hablar, por contar su historia, su pasado, su “como llegue acá”.
Estaba dividido en diferentes sectores. La “recepción”, la cocina, la enfermería, la sala de situaciones (una oficina en donde se buscaba conexiones de “agrupaciones subversivas”), el comedor y, obviamente, las salas de tortura, que para querer agregarle un tono patéticamente elegante se las denominaba “quirófanos”.
Aunque el sector poblacional (donde los secuestrados pasaban la mayor parte del tiempo) había sido demolido para “borrar” las huellas de lo que fue una de los genocidios más sangrientos en la historia Argentina, aún quedaban las líneas de los cimientos de las paredes bajo el piso, como una ironía hacia lo que nunca se podrá esconder. Este estaba constituido por cuatro hileras de diez celdas cada una, de aproximadamente dos por un metro, pasillos angostos, 2 baños (obviamente en las más precarias condiciones) en cada hilera y dos duchas donde raramente se podían higienizar satisfactoriamente.

Al volver a la biblioteca subimos por unas escaleras al segundo piso. Este había sido preparado con libros prohibidos durante la dictadura militar, álbumes de fotos de las personas que habían sido llevadas al Olimpo y permanecían desaparecidas, y por una enorme máquina falsificadora de documentos que había sido usada durante el proceso, con el fin de escapar de las fuerzas armadas. A su vez las paredes estaban colmadas de cartas que se les hizo a los, aún, desparecidos como forma de reivindicación. Madres, hijos, hermanos, tíos, sobrinos, nietos, novios, amigos, expresaban su amor y su tristeza por medio de ellas, contando la historia que jamás será en primera persona.

Cuando ya el sol estaba en su máximo apogeo, y el frío se había disipado finalmente, subimos todos al micro. De vuelta al colegio, de vuelta a la normalidad, a nuestro futuro que ya no sería el mismo.

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Garage Olimpo fue uno de los, aproximadamente, 500 centros clandestinos que funcionaron durante la dictadura militar del año 1976  en la Argentina. Funcionó desde agosto de 1978 hasta  Enero  de 1979. Está ubicado en el barrio de Floresta, en la calle  Ramón Falcón entre Lezama y Olivera. Pertenecía a la División de Automotores de la Policía Federal.
La mayoría de los detenidos desaparecidos que pasaron por allí  provenían de otros centros clandestinos, principalmente del “Club  atlético” y “El banco”. Generalmente su paradero terminaba en el Río de la Plata.
Fueron juzgados 17 represores que actuaron en los Centros Clandestinos de Detención, Tortura y Exterminio “Atletico, Banco y Olimpo”. Estos fueron: Samuel Miara, sentenciado a doce años de prisión por apropiación de menores. Oscar Augusto Isidro Rolón, torturador, sentenciado a perpetua. Julio Héctor Simón, torturador, sentenciado a perpetua. Raúl González, torturador, sentenciado a perpetua. Juan Carlos Avena, participación en la dirección del Olimpo, sentenciado a perpetua. Eufemio Jorge Uballes, torturador, sentenciado a perpetua. Eduardo Emilio Kalinec, torturador, sentenciado a perpetua. Roberto Antonio Rosa, miembro del grupo de tareas, sentenciado a perpetua. Juan Carlos Falcón, violador y partícipe de los traslados, fue absuelto, a causa de pocas pruebas. Luis Juan Donocik, guardia, sentenciado a perpetua. Guillermo Víctor Cardozo, adoctrinaba militares para que no hablaran con nadie de los crímenes, fue condenado a perpetua. Eugenio Pereyra Apestegui, torturador, sentenciado a perpetua. Raúl Antonio Guglielminetti, se encargaba de los secuestros extorsivos, sentenciado a 25 años. Ricardo Taddei, torturador y cura que absolvía crímenes, fue condenado a 25 años. Enrique José del Pino, jefe del grupo de tareas, sentenciado a  perpetua. Carlos Alberto Roque Tepedino, director general de Seguridad Interior, condenado a 25 años. Mario Alberto Gómez Arenas, jefe del Destacamento de Inteligencia, sentenciado a 25 años.

Muchos de los imputados seguían sosteniendo sus cargos dentro de Argentina hasta que se los comenzó a juzgar, hace un no más de diez años.

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